25.03.2007 | Clarin.com | ANIVERSARIO. Malvinas: los días que vivimos en peligro
Fabián Volonté, Alfredo Pucci, Ramón Robles y Guillermo Vélez eran soldados rasos,y coincidieron en las Malvinas en abril de 1982. En las trincheras pasaron hambre y frío,supieron a qué sabe el miedo,se tutearon con la muerte, se hicieron inseparables. Veinticinco años después, los cuatro amigos reviven la guerra que los marcó para siempre.
Fabián Volonté, Alfredo Pucci, Ramón Robles y Guillermo Vélez eran soldados rasos,y coincidieron en las Malvinas en abril de 1982. En las trincheras pasaron hambre y frío,supieron a qué sabe el miedo,se tutearon con la muerte, se hicieron inseparables. Veinticinco años después, los cuatro amigos reviven la guerra que los marcó para siempre.
Todo era blanco y negro.El cielo plomizo,la turba,esa persistente llovizna que corta la cara como una navaja."¿En las Malvinas no hay árboles?",se preguntó extrañado Guillermo Vélez, soldado del Regimiento 7 de La Plata.Era el 15 de abril de 1982 y recién llegaba a las islas. Se había enterado de la invasión mientras tomaba cerveza en un bar del Centro y enseguida le vino en mente lo que le había dicho un mayor seis meses antes,cuando le dieron la baja del servicio militar:"Recuerden que ustedes no son civiles, sino la reserva del Ejército Argentino "."Me van a llamar ",presintió.Ir era un sentimiento encontrado.
Tenía miedo,claro.Pero,porotro lado,también sentía que era una aventura única.Le fascinaba la idea de volver a ver a los pibes de la colimba,el lugar con el que fantaseaba desde primer grado.Ahora pisaba ese archipiélago que tanto había visto en mapas,pero allí nada se parecía a sus fantasías.Todo era en blanco y negro.Y frío.El invierno borraba todos los colores.
Ocho días más tarde,llegaba desde Córdoba Ramón Robles,el Negro para todos.Era artillero;sería un gran amigo de Guillermo. Apenas pisó Malvinas le ordenaron estar cuerpo a tierra cuatro horas.Se le mojó la campera de duvet, lo único que lo protegía del frío. Inmediatamente después le dijeron que lo iban a mandar como paracaidista a recuperar las Islas Georgias. "La Patria me necesita ",escribió en el que –pensó – sería un radiograma de despedida a la novia.
En esas horas feroces,imborrables,dolorosas,en las que la frontera entre la vida y la muerte pasó a ser un hilo lábil,azaroso,fue cuando Guillermo volvió a ver colores, después de dos meses."Fue de noche.Eran las luces de las balas trazantes,las bombas.Era un festival de fuegos artificiales." Ya hacía tres días que esos oficiales que se llenaban la boca de Patria se habían marchado del frente.Evaporado.Y ellos, los soldados rasos,que amaban a las Malvinas porque se lo habían
impartido así en la escuela,se quedaron luchando solos.Sin comida, sin abrigo,sin cigarrillos,hasta que se les acabaron las armas.Ya nada parecía tener valor.Llegaron –incluso – a perder la noción de lo que era conservar o perder el pellejo.El propio pellejo.
BAJO LAS BALAS,SIN CASCO
Daniel Trujillo llamó a su casa desde un teléfono público de Río Gallegos.Lo atendió su tía sorda. –Tía,soy yo,Daniel.–No,Daniel no está. No sé cuándo viene –dijo y le colgó. ¿Y cómo iba a saber la pobre tía cuándo iba a volver Daniel,si ningún conscripto sabía cuál sería su propia suerte?Alfredo Pucci,que era parte junto a Daniel de la Compañía de Comunicaciones Mecanizada 10,pensó que lo iban a retener unas pocas horas cuando lo convocaron,el Viernes Santo.Hacía un mes que le habían dado la baja y ahora le estaban dando apenas una hora para presentarse nuevamente en el cuartel de Palermo,donde hoy está ubicado un hipermercado. Como le faltaban tres materias para recibirse de contador,y estaba estudiando para dar los exámenes, se llevó al cuartel el libro del gurú Peter Druker.Fue así como un manual de negocios fue a dar en pocas horas a las Islas Malvinas.
Llegaron a un territorio inhóspito,donde hacían 27 grados bajo cero,con ropa de verano.Como si toda la operación militar hubiera sido planificada media hora antes, en medio de un espasmo.¿Y a quién reclamarle por el frío?A nadie.La oficialidad no estaba como para escuchar quejas.Daba órdenes.Humillaba.Para los que intentaran quebrar las reglas –como robar comida por hambre,hambre feroz – había calabozos,incluso en la trinchera.El castigo más común era el "estacamiento ".Esta tortura consistía en atar cada una de las extremidades de un conscripto a una estaca,sin ropa,sobre la turba mojada,en un pozo de 50 cm de profundidad.Guillermo estuvo a punto de ser estaqueado porque no tenía casco."No es que lo hubiera perdido;no me habían dado ninguno porque no me habían asignado un rol de combate." Pero en eso,estalló una bomba y todos tuvieron que salir corriendo."Sentí que estábamos un escalón más abajo de la naturaleza humana –dice –.El primer enemigo no era el inglés sino el Ejército.Después,venían el clima y las bombas."
El día que escuchó a las crías de una rata gimiendo entre la turba,Guillermo se puso contento. "Esta noche me las hago para la cena en la trinchera ",pensó.Estando allí,cumplió 27.Era uno de los soldados más viejos de todas las Malvinas.Una semana antes,un amigo se había robado un vino para celebrar la ocasión;su mayor temor no era que descubrieran su hurto sino que una bala impidiera que pudieran llegar a descorcharlo juntos.
EL MIEDO EN LAS TRIPAS
"Tío:prepará camiones de cerámica.Tienen que decir San Lorenzo ." Fabián Volonté se indignó al ver que los azulejos de Port Stanley decían London .Pero ahora que este pueblo se llamaba Puerto Argentino –pensó – tenían que cambiarlos por unos nacionales.Se imaginaba una nueva sociedad,nuevos edificios. Una nueva identidad.
Fabián observaba la bandera albiceleste flameando en las islas y sentía "como si un sueño se hubiese vuelto realidad ".Y percibía la mirada de odio de los kelpers y sentía igual o mayor grado de bronca que la que tenían ellos.Pero la política oficial era cortejar a los malvinenses.Hasta les instalaron la televisión en colores,cuando ellos nunca en la vida habían visto siquiera un aparato de TV. Les pasaban series de televisión estadounidense,como Manix .Así y todo,los isleños se sentían súbditos de la reina y de su primera ministra,Margaret Thatcher,que venía implacablemente a su rescate.Aunque fueran ciudadanos de segunda,que en el cine debían sentarse en sillas duras mientras los ingleses lo hacían en sillones mullidos.
Una día,Fabián tuvo que robar en la casa de un kelper:"Me moría de hambre,en serio ",se disculpa.Como si fuera un topo,hizo un agujero en la tierra para poder penetrar en el galpón en el que el isleño almacenaba los víveres que le llegaban por barco desde Inglaterra cada seis meses.Sacó de allí una lata de fideos con tuco de tres kilos. "¡Qué delicia!Y además,un frasco de melaza de roble,que ni siquiera sabía para qué servía." Pero ante la nada,todo era bárbaro:"Si hasta tomábamos mate con yerba usada y recontra usada.La bombilla era el caño de una Bic y el recipiente una lata de coca cortada,de las que los oficiales tiraban ". Y aun así,en esas condiciones tan hostiles,Fabián no osaba ni pensar en una potencial victoria inglesa.Ni siquiera lo hizo cuando empezaron los bombardeos a repetición,a partir del 1 º de mayo.Ni cuando los marines desembarcaron en San Carlos e hicieron cabecera de playa.Ni cuando el bombardeo fue tan feroz,que no pudieron sacar la cabeza de la trinchera por 24 horas."Ese día,tuvimos que usar el casco para todo.Para hacer pis, caca y para cocinar ",recuerdan.Así de asquerosa es la guerra.
MUERTE EN LA TRINCHERA
Dicen los veteranos que la primera sensación que produce un bombardeo es de miedo."Luego,es necesario aprender a distinguir los silbidos de la bomba,para saber si hay que quedarse en el lugar o salir corriendo." Después,la mente se acostumbra."Es como dormir estando al lado de un tren –cuenta Alfredo –. El bombardeo ya lo tenía incorporado." Llega un momento en que,incluso después de haber visto a un compañero despedazado,hasta se le pierde miedo a la muerte.Pero el sigue para siempre.Al menos,el Negro Ramón no logra reponerse del día en que murió Néstor Pizarro. Era el 12 de junio.El combate con los Royal marines estaba en uno de sus puntos más álgidos."Igual, hubo una alegría en medio del intercambio de las balas y los cañonazos.Néstor había recibido una encomienda de su familia." Todos festejaron su llegada.Adentro del paquete había cinco bufandas tejidas a mano,cinco rosarios,galletitas y un tarro de leche en polvo.Los soldados comían leche en polvo seca o preparada como una pasta;les sabía a miel.En eso,Néstor le dice a Ramón:"Quedate a hacer la leche,yo voy a cargar municiones ". Segundos después de este diálogo,cae una bomba que derriba la tienda en la que estaba Ramón,que sale ileso.Pasa otro segundo,y cae otra,que explota cerca de Néstor. "Una esquirla le cruzó el abdomen como si fuera una flecha.Le dejó un buraco enorme ",recuerda ahora Ramón.El conscripto murió camino al hospital de campaña.Allí le quitaron la identificación,lo encerraron en una bolsa.Nadie supo qué pasó con el cuerpo.La encomienda fue su última alegría. Cuando terminaron los enfrentamientos,a Ramón le ordenaron apilar los cadáveres,como si no hubiera visto suficiente muerte."Soldados,estos son héroes de la patria –nos dijo un oficial –.Hay que apilarlos como si fueran municiones." Esto es:dos cuerpos para un lado,otros dos encima en la dirección opuesta.Dice Ramón que buscó desesperadamente a su amigo Néstor.No lo pudo encontrar.
UN MISIL EN MI VENTANA
De repente,Fabián vio un helicóptero inglés que disparaba un haz de luz.El haz de luz "se iba haciendo grande como un sol,un sol que era cada vez más grande ".El veía cómo la bola de fuego se acercaba a su ventana,en el centro de telecomunicaciones,en medio de Puerto Argentino,en la vieja alcaldía o Town Hall.Este centro estratégico había sido colocado intencionalmente en el lugar,para hacerlo menos vulnerable a las bombas,pues estaba rodeado de isleños.Pero ahora el haz de luz,que en realidad era un misil,estaba olfateándolo como si fuera un sabueso hambriento."El misil tenía la capacidad de detectar ondas de radio y,en el centro, esas ondas sobraban."
Fabián vio la bola de fuego y gritó:"¡Misil!".Se dio por muerto, pero alguien tuvo el reflejo que había que tener en ese instante:apagó el interruptor de electricidad. Las ondas de radio cesaron en un instante.La bomba se quedó,de esa manera,sin hueso que roer,perdida."Fue increíble.El misil hizo una curva y siguió por un callejón,como perdido." Luego,se dirigió a la iglesia y esquivó su cúpula.Recién en ese momento,detectó una radio en el cuartel de la Policía Militar, esa que se dedicaba a perseguir a los soldados que robaban comida.
Y allí se dirigió. "Primero,la cabeza del misil detecta su objetivo,y cuando entra en un lugar se produce la explosión. Ahí esparce esquirlas y después se activa un mecanismo incendiario, que tira mucho humo.Cayó sobre el cuartel después de haber hecho dibujos en el aire ",cuenta Fabián. Aún lo maravilla que la astucia le haya ganado una batalla a la más
sofisticada tecnología.
LA VIDA NO VALE NADA
"Necesitamos dos voluntarios para la base del Monte Longdon." El pedido lo hizo un oficial de la compañía de Ramón.Y él levantó la mano."Voy porque me gusta pasear ", dice que dijo.Desde que se bajó del avión,había estado zafando de la muerte por un pelito.Se tenía fe. Ramón estuvo en la base del Monte Longdon hasta que terminó la guerra."La unidad empezó a combatir el 10 de junio a las 11 de la noche y no paró hasta el 14 de junio a las 12 del mediodía.Tirábamos sobre la colina del Longdon para que los compañeros pudieran replegarse.Al final,apuntábamos los cañones como si fueran pistolas. Veías como volaban los pedazos de cuerpo.No nos rendimos nunca. Quedamos con un solo cañón de los 16 que teníamos –relata –.
Cuando el cañón no funcionaba más,rompimos la radio y nos llevamos la carta topográfica.Nos instalamos al lado del cementerio de los kelpers." "A los enemigos no se los podía mirar directamente a los ojos, pero si uno los observaba con prismáticos podía verlos casi al lado, respirando agitados." El combate estaba a pleno en Monte Longdon, y Guillermo ya olía la muerte.Lo que ahora le resultaba increíble,casi delirante,era estar matando a otros."Todo iba en contra de lo que había aprendido en la escuela,en la iglesia,en casa." ¿Acaso La Biblia no enseña el "no matarás "?Pero era la guerra,no la clase de filosofía.
Su misión era buscar municiones para un cañón 105 Otto Mellara. Desde una posición adelantada,un soldado le daba las coordenadas para apuntar y disparar."Bate zona muy bien,tirá otra de nuevo ",le decía el adelantado,al ver caer a las tropas inglesas."Tirá en el mismo lugar y te pago una pizza ",le dijo después.Al escuchar esto,Guillermo no pudo evitar pensar que algo andaba mal."Si la vida era igual a una pizza,entonces no se podía creer en nada."
Pero aun en el medio de su desconcierto,había que seguir reventando a los cañonazos."Matamos a muchos enemigos y los obligamos a replegarse ",recuerda.Cada diez disparos tenían que cambiar de lugar el cañón,porque se sobrecalentaba y los ingleses podían detectar ese calor. Así,cada vez el cañón quedaba más y más lejos de los proyectiles que él debía acarrear.Primero,estaban a 700 metros;después la distancia fue mucho mayor. Al final,cuando los enemigos ya habían destruido casi todo a su alrededor,decidieron disparar 20 municiones en vez de 10.Obviamente, fueron detectados.Les llovieron cinco bombas."A un soldado de mi unidad le pegó una esquirla justo al lado del corazón.Pero como se había puesto dos cargadores del fusil en el bolsillo de la camisa,se salvó de milagro."
Guillermo no llegó a combatir cuerpo a cuerpo,con bayoneta calada."Pero,por siete u ocho horas, entre el 13 y el 14 de junio,nos tiramos con los gurkas de roca a roca, casi como en las películas." Las balas trazantes iluminaban la noche enfurecida."Yo veía cómo mataban a nuestros compañeros más adelante.Entonces decidimos rajar nosotros,aterrorizados." Su grupo estaba compuesto por siete personas. Se fumaron un cigarrillo y desertaron del frente (hacía rato que sus superiores habían hecho lo mismo). Guillermo no lo sabía,pero en esos instantes su vida estuvo en manos amigas:la unidad de Ramón estaba protegiendo su retirada. Llegó caminando hasta la casa del gobernador;vio que allí estaban todos los oficiales,esperando el desenlace como si fuera una guerra ajena."Estás tan cansado de todo que no tenés ningún sentimiento en ese momento.No existe el miedo,no te importa morir.Tiempo después,lo que sí sentí es no haber podido enterrar a mis compañeros ",susurra ahora.
AQUELLOS DIAS FELICES
"¿Esto es Port Stanley?",preguntó el soldado inglés.Era un tipo chiquito."Nos miró como diciendo: '¿Por esta mierda vinimos hasta acá?'",recuerda ahora Fabián.A él le cayó la ficha de que todo estaba perdido cuando le ordenaron destruir los equipos."Rompí un radar de un millón de dólares." Para entonces,el general Mario Benjamín Menéndez,gobernador argentino de las islas,ya había acordado la rendición con el general Jeremy Moore,jefe de las tropas británicas. De todos modos,unos días antes,Fabián había intuido que la cosa venía mal.Se veían combates feroces.Los aviones de la Fuerza Aérea habían dejado de volar."Cuando se arrió la bandera nuestra y se izó en el mismo lugar la inglesa,quise llorar." Las islas volvían a ser súbditas de su majestad imperial.
¿Se imaginan a la Reina Isabel, con su peinado lleno de spray y su infaltable sombrero,paseando en carroza por Malvinas?Los kelpers sí pensaron alguna vez en esta posibilidad;por algo,en la vieja alcaldía,guardaban orgullosos un estandarte real para el caso de que la soberana visitara el lugar.Fabián lo vio y no dudó un segundo:se lo escondió en la campera.Y,al momento de partir de las islas,se lo enrolló en una pierna,en la fina capa que había entre los dos pantalones que llevaba puestos.Al partir,un marine le ordenó que se bajara los lienzos,para ver si se llevaba algún recuerdito de las islas."Me bajé los dos pantalones juntos y mostré los calzoncillos largos."
Cuando se los volvió a subir,el bendito estandarte se le quedó todo apelotonado en la botamanga.El marine lo miró,él le devolvió la mirada,y luego se escapó en dirección al buque hospital Bahía Paraíso,que lo trajo de vuelta a la Argentina.La cola de soldados argentinos era tan larga, que el inglés ya no quería perder más tiempo con un tipo que lo miraba fiero."Encima,no se avivó de que en el cuello de la campera llevaba escondida la camarita de fotos,otro tesoro."
No quería perderla por nada del mundo:en el rollo que los ingleses podían velar estaban las fotos que lo mostraban feliz,recién llegado a las islas.Las polaroids de otro siglo ... Porque las últimas horas de Fabián en las Malvinas habían sido muy duras.Tenía "pie de trinchera ":sus extremidades se habían congelado.Se dio cuenta de cuán grave era su situación cuando puso sus pies sobre el fuego."Recién cuando me llegó el olor a carne quemada los saqué de las llamas.No podía sentir el dolor." Salió descalzo a buscar borceguíes por las trincheras.Encontró unos que le anduvieron bien."Nunca supe si eran de alguien que ya estaba muerto."
EL AMULETO DE LA SUERTE
El 14 de abril,a las doce y media de la madrugada,Guillermo salió de la Base Aérea de El Palomar y aterrizó en Río Gallegos.Allí,buscó un teléfono público,esos gordos y anaranjados de Entel que nunca andaban,y depositó en el aparato un par de cospeles para llamar a su novia, Cecilia.Quería decirle que lo destinaban a las Malvinas.No debe haber sido una charla larga,porque cuando colgó el receptor,cayó una ficha por la ranura."Esto me va a servir para regresar a casa.Si pierdo este cospel,no vuelvo ",se dijo.
El cospel no sólo fue su amuleto,sino que se convirtió en el talismán de la suerte de sus otros seis compañeros de trinchera.Lo perdió dos veces y dos veces lo encontró.Lo buscaron desesperadamente todos.Al terminar la guerra, cuando llegó a Trelew,Guillermo se acordó de su vieja ficha telefónica. Obviamente,la usó para llamar a Cecilia.Estaba con vida,pero había cambiado para siempre.No lo sabía,pero para él y para todos los veteranos empezaba otra guerra muy distinta:la del reconocimiento del Estado argentino por el heroísmo que demostraron y por lo que tuvieron que padecer.Una batalla que ya dura 25 años;una que tampoco han podido ganar.

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