Una joven wichi pelea para convertirse en la primera de su aldea en alcanzar la universidad. Estudió enfermería, trabaja en el Hospital Universitario Austral y ahora aspira a hacer la licenciatura. 26.06.2008 Clarín.comS
Inspirada por los cardenales que sobrevuelan Misión Chaqueña, a los trece años Graciela Gutiérrez talló pájaros, patos y lechuzas en palo santo y guayacán para cambiarlos por ropa, alimento y útiles escolares. Sin pan, vestido y libros no hubiera resistido pedalear cinco veces por semana 30 kilómetros para tomar clases en la secundaria de Padre Lozano, en el noroeste de Salta.
Hoy tiene 25 años y es la única mujer wichi que trabaja como enfermera en el Gran Buenos Aires y que busca ganar una beca para, en dos años, convertirse en la primera licenciada en enfermería de su aldea. Y en tres años, aspira a ser la primera enfermera wichi de la historia con especialización en ginecología. "Es lo que más me interesa", indicó.
"Mi propia familia creía que no terminaría la secundaria; yendo todos los días en bicicleta en medio del frío, el calor o la lluvia, y regresando a casa a las doce de la noche. Pero desde que era una chiquita hacía muñecas de barro y las pinchaba jugando a la enfermera. Sabía que para llegar a serlo tenía que terminar el colegio. Pero al tercer año de ir en bici, el sufrimiento había sido tanto que con tres amigos decidimos hablar con la ministra de Educación de Salta. 'Somos cien alumnos en Misión Chaqueña más otros diez de otro pueblo cercano. ¿No pueden trasladar la escuela a nuestro pueblo?', preguntamos. Un mes después la ministra nos visitó. Y yo finalicé la secundaria en mi comunidad", sintetizó Graciela, con una sonrisa orgullosa.
Cuando terminó el colegio la organización anglicana inglesa MSM, que hace más de 35 años hace obra religiosa en el noroeste chaqueño, ayudó a Graciela y a una de sus pri a aplicar a una beca para estudiar un terciario de enfermería. "Durante un año recé para que me saliera la beca. Le decía a Dios: 'Soy pobre pero quiero aprender cosas para ayudar a otros pobres'. Dios me escuchó", afirmó Graciela.
Con los fondos de la beca alquiló con su prima una habitación en Tartagal, en una casa de familia. Allí estudiaron y vivieron tres años.
Más allá de los estudios, Graciela acompaña -desde siempre- dos veces por años al equipo de médicos Thomas Helkins en su recorrido por el monte chaqueño. Siempre en condición de traductora del wichi al castellano. Hace un año y medio, uno de los médicos de ese equipo la invitó a realizar una pasantía de tres meses en el Hospital Universitario Austral (HUA). Graciela se animó.
"Llegué a Retiro con una lista de tres nombres y tres teléfonos. Esperaba que me recibieran con un cartel con mi nombre; pero no. A la media hora elegí un teléfono por azar y llamé. Hoy vivo en Palermo, con la misma pareja de ingleses que me hospedaron en mi primer día en la Capital Federal", recuerda.
La pasantía de Graciela fue tan buena, que los médicos del HUA la contrataron un trimestre, como enfermera, bajo la supervisión de un mentor. "Mis jefes decían que aprendía bastante rápido", detalló.
Tras un buen desempeño la contrataron como enfermera del área de internación general en el HUA. "Si un paciente está deprimido o moribundo, trato de acariciarlo y de acompañarlo con mis palabras. Más allá de la cuestión técnica siento profundamente lo que a ellos les pasa y veo que, después de contenerlos afectivamente, siempre se ponen mejor", describió Graciela.
Ahora pelea por ganar una beca para hacer la licenciatura en enfermería y, más tarde, la especialización. "Es lo que siempre soñé", concluyó mordiéndose los labios como si no pudiera creerlo.
jueves, 26 de junio de 2008
domingo, 1 de junio de 2008
Juicio a represores
Historia de la desaparecida que puede condenar al represor Menéndez. 31.05.2008
Fue una de las tantas víctimas de "La Perla". Sus restos fueron hallados en una tumba NN. Por: Marta Platía
No están, no existen, no son. Los desaparecidos no están ni vivos ni muertos, están desaparecidos", dijo Jorge Rafael Videla en diciembre de 1977 a un grupo de periodistas extranjeros.
Desde el lunes pasado, en Córdoba, los restos de Hilda Flora Palacios, una joven de 26 años secuestrada, torturada y asesinada en un supuesto enfrentamiento junto a su pareja y dos amigos, lo desmienten. Y acusan a Luciano Benjamín Menéndez y a otros siete represores que, por primera vez, están sentados en el banquillo de los acusados por la llamada "Causa Brandalisis" que investiga los secuestros, torturas y la muerte de ella y de Humberto Brandalisis, Carlos Lajas y Raúl Cardozo.
"Los restos de Hilda Flora estaban cerca de la gran fosa común, pero en una tumba individual NN", detalló a Clarín Anahí Ginarte, del Equipo Argentino de Antropología Forense (EAAF) que, liderado por Darío Olmo, trabajó desde 2002 a 2004 en exhumar 140 cadáveres arrojados en las fosas comunes del Cementerio de San Vicente.
Esas fosas comunes se hallaron gracias a la valentía de un grupo de Familiares de Desaparecidos y Detenidos por Razones Políticas, que "el 2 de noviembre de 1982, y aún durante la dictadura, nos animamos a entrar confundidos con los que van a visitar las tumbas el Día de los Muertos", relató la abogada María Elena Mercado, esposa del también desaparecido Eduardo "Tero" Valverde. El relato es parte del documental "Sr. Presidente": una investigación dirigida por Liliana Arraya y Eugenia Monti que nació de una insólita carta que enviaron morgueros y sepultureros al mismísimo Videla en 1977, quejándose por las "condiciones laborales insalubres", y por la cantidad de cuerpos para enterrar que llegaban cada noche, "en la convicción de que el Presidente" no sabía lo que ocurría en Córdoba.
En el documental, el por entonces enterrador José Adolfo Caro, quien ayudó a localizar las fosas, da cuenta de cómo asentaba en los libros de la morgue la llegada de cada cargamento de jóvenes acribillados. "A veces por curiosidad, cuando venía muy 'baleáo', nos sentábamos a contarle los balazos. A uno llegamos a contarle setenta y pico". Caro aún se pregunta "cómo fue que se les escaparon" a los represores, los restos de Hilda Flora. Ella es una de los 14 desaparecidos identificados por el EAAF, y restituidos a sus familiares por la Justicia federal cordobesa. En su caso, la entrega ocurrió el 11 de noviembre de 2004 en el Juzgado Federal Nø 3 a cargo de Cristina Garzón de Lascano y la fiscal Graciela López de Filoñuk.
Hilda, Hugo Brandalisis y Carlos Lajas, fueron secuestrados por las huestes de Menéndez el 6 de noviembre de 1977. A Raúl Cardozo le tocó dos días después. Todos fueron llevados a La Perla: el mayor campo de concentración de Córdoba, donde los torturaron hasta el 15 de diciembre, cuando los acribillaron. Luego trasladaron los cuerpos a una esquina de la ciudad y los acomodaron dentro de un auto para simular un enfrentamiento.
El modus operandi continuaba en el Hospital Militar donde les tomaban las huellas digitales -los sepultureros dan cuenta de los dedos manchados de los cadáveres- y luego iban a la morgue del Hospital Córdoba. Desde allí, directo a las fosas del San Vicente.
En esa carta a Videla, los morgueros se espantaban: "Es inenarrable, Sr. Presidente. Los móviles de la Policía alumbraban las fosas donde fueron depositados los cadáveres identificados a veces por números". Desde el lunes, uno de esos números, el que enterraron "el 3 de agosto de 1978 en la fosa B326" señala a sus verdugos 31 años después. Como reza la placa del Memorial donde estuvo la fosa común, "quien deja huellas jamás desaparece".
Fue una de las tantas víctimas de "La Perla". Sus restos fueron hallados en una tumba NN. Por: Marta Platía
No están, no existen, no son. Los desaparecidos no están ni vivos ni muertos, están desaparecidos", dijo Jorge Rafael Videla en diciembre de 1977 a un grupo de periodistas extranjeros.
Desde el lunes pasado, en Córdoba, los restos de Hilda Flora Palacios, una joven de 26 años secuestrada, torturada y asesinada en un supuesto enfrentamiento junto a su pareja y dos amigos, lo desmienten. Y acusan a Luciano Benjamín Menéndez y a otros siete represores que, por primera vez, están sentados en el banquillo de los acusados por la llamada "Causa Brandalisis" que investiga los secuestros, torturas y la muerte de ella y de Humberto Brandalisis, Carlos Lajas y Raúl Cardozo.
"Los restos de Hilda Flora estaban cerca de la gran fosa común, pero en una tumba individual NN", detalló a Clarín Anahí Ginarte, del Equipo Argentino de Antropología Forense (EAAF) que, liderado por Darío Olmo, trabajó desde 2002 a 2004 en exhumar 140 cadáveres arrojados en las fosas comunes del Cementerio de San Vicente.
Esas fosas comunes se hallaron gracias a la valentía de un grupo de Familiares de Desaparecidos y Detenidos por Razones Políticas, que "el 2 de noviembre de 1982, y aún durante la dictadura, nos animamos a entrar confundidos con los que van a visitar las tumbas el Día de los Muertos", relató la abogada María Elena Mercado, esposa del también desaparecido Eduardo "Tero" Valverde. El relato es parte del documental "Sr. Presidente": una investigación dirigida por Liliana Arraya y Eugenia Monti que nació de una insólita carta que enviaron morgueros y sepultureros al mismísimo Videla en 1977, quejándose por las "condiciones laborales insalubres", y por la cantidad de cuerpos para enterrar que llegaban cada noche, "en la convicción de que el Presidente" no sabía lo que ocurría en Córdoba.
En el documental, el por entonces enterrador José Adolfo Caro, quien ayudó a localizar las fosas, da cuenta de cómo asentaba en los libros de la morgue la llegada de cada cargamento de jóvenes acribillados. "A veces por curiosidad, cuando venía muy 'baleáo', nos sentábamos a contarle los balazos. A uno llegamos a contarle setenta y pico". Caro aún se pregunta "cómo fue que se les escaparon" a los represores, los restos de Hilda Flora. Ella es una de los 14 desaparecidos identificados por el EAAF, y restituidos a sus familiares por la Justicia federal cordobesa. En su caso, la entrega ocurrió el 11 de noviembre de 2004 en el Juzgado Federal Nø 3 a cargo de Cristina Garzón de Lascano y la fiscal Graciela López de Filoñuk.
Hilda, Hugo Brandalisis y Carlos Lajas, fueron secuestrados por las huestes de Menéndez el 6 de noviembre de 1977. A Raúl Cardozo le tocó dos días después. Todos fueron llevados a La Perla: el mayor campo de concentración de Córdoba, donde los torturaron hasta el 15 de diciembre, cuando los acribillaron. Luego trasladaron los cuerpos a una esquina de la ciudad y los acomodaron dentro de un auto para simular un enfrentamiento.
El modus operandi continuaba en el Hospital Militar donde les tomaban las huellas digitales -los sepultureros dan cuenta de los dedos manchados de los cadáveres- y luego iban a la morgue del Hospital Córdoba. Desde allí, directo a las fosas del San Vicente.
En esa carta a Videla, los morgueros se espantaban: "Es inenarrable, Sr. Presidente. Los móviles de la Policía alumbraban las fosas donde fueron depositados los cadáveres identificados a veces por números". Desde el lunes, uno de esos números, el que enterraron "el 3 de agosto de 1978 en la fosa B326" señala a sus verdugos 31 años después. Como reza la placa del Memorial donde estuvo la fosa común, "quien deja huellas jamás desaparece".
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